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Hacer cola

Esteban está muy enojado. Se ha levantado de buena mañana para llegar a primera hora a unas oficinas (no diremos a cuáles) para realizar una gestión urgente. Ha encontrado al empleado de turno, muy eficiente, con sus gafas y bien repeinado, atendiendo a una clientela que no entendía nada y que necesitaba muchísimas explicaciones. Han ido pasando los minutos y el empleado, con toda la paciencia del mundo, ha continuado atendiendo la consulta con mucha educación, mientras por detrás de Esteban empezaba a formarse una cola.

Pero en el interior de Esteban la sangre ha empezado a hervir, el pulso se ha acelerado, la presión de la sangre ha subido y sus mejillas han subido de todo. También los dedos de la mano derecha han empezado a movérsele en el bolsillo y a jugar con las monedas que llevaba. Entonces ha pasado lo que pasa a veces: ha llegado un hombre muy enérgico y decidido, ha entrado en el establecimiento, ha visto la cola y se ha colado. El pensamiento de Esteban va a toda pastilla: “Menuda cara… ¡este hombre se me ha colado! ¡Me ha hecho una injusticia! ¡No hay derecho! ¡No tiene derecho a hacerme esto! ¿Cómo es la gente! Pobre de mí, siempre me pasa los mismo, yo aquí haciendo lo que se ha de hacer y… ¡no se puede ser correcto!”

Esteban se queja de su desgracia, a menudo se cruza con personas mal educadas, pero… ¿no puede hacer nada al respecto? ¿Qué puede hacer cuando se le cuelan en la cola? Esteban tiene más opciones además de quejarse y permitir que le suba la presión de l sangre: puede pedirle, educadamente, al listo que se le colado que se ponga detrás, que él ha llegado antes y que hace rato que aguanta la cola. Por ejemplo: “Por favor, no sé si se ha fijado usted, pero yo estaba antes, le pido que se ponga detrás, yo también tengo prisa”.

Ahora me diréis que así no le harían caso, que soy una ingenua, que el desaprensivo que se ha colado puede pasar de él o decirle que no le entiende, o enfadarse y pegarle un puñetazo. Nunca sabemos qué hará otra persona; ¡a veces ni siquiera somos capaces de saber qué haremos nosotros mismos! Si Esteban se cruza con una persona razonable, recuperará su sitio y no hará falta que salga de la oficina de mal humor. Y si el otro se pone violento, Esteban puede optar por esperar pacientemente que lo despachen después de al intruso, convencido de que ha hecho lo que estaba en sus manos y que vale más conservar la integridad física que ganar diez minutos.

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